Para los que no me conocían, las diatribas de la prensa fueron lapidarias. Es que las palabras y las letras de molde son más letales que las armas de destrucción masiva.

Para los que me conocían, la sorpresa desagradable ante la duda cartesiana, -en un mundo donde flaquean los valores-, era casi comprensible. Después de una vida dedicada al bien común, repentinamente, me conviertieron en sinónimo de mal social. Entonces casi todos tenían derecho a dudar. Sólo mi familia, mis amigos y varios colegas me acompañaron.

LA VICTORIA DE LA VERDAD